La rapidez con la que nuestras sociedades avanzan nos dificulta la reflexión en tiempo de dichos cambios. No es frecuente que nos adelantemos a los acontecimientos, a menudo reparamos en la necesidad tras asistir como testigos a situaciones o hechos que nos frenan y requieren de nuestro tiempo.

Podemos utilizar diferentes ejemplos para ilustrar lo anterior. Noticias como las nuevas propuestas en materia de inmigración que quiere realizar la Unión Europea, los episodios que cada día nos actualizan en relación con Wikileaks, la crisis económica internacional, las distintas reformas iniciadas por diferentes gobiernos, la eliminación de prestaciones sociales en un contexto de crisis, etc..

La primera pregunta que me asalta es ¿pero no defendemos a las personas? ¿los gobiernos, los estados no están para garantizar los derechos? ¿Qué sucede con las declaraciones internacionales ratificadas por los estados?

El pasado día 10 de diciembre, se celebró, como todos los años, el día Mundial de los Derechos Humanos. Ya son 62 años los que ha cumplido la Declaración Universal de los Derechos Humanos . A pesar de ello, se sigue trabajando por el respeto a los mismos, incluso estados que pertenecen al mundo desarrollado y que se hacen valedores de los mismos incurren en su vulneración.

La Unión Europea, integrada por potencias mundiales, formada en gran parte por países desarrollados plantea en aras de mejorar las políticas migratorias serias limitaciones a personas inmigrantes. Y ello a pesar de que pudiera presumir de su histórica tradición de sociedades integradoras, garantes de protección social y centradas en la sociedad del bienestar.

De esta forma asistimos, en el contexto de un mundo globalizado, a contradicciones que minusvaloran al ser humano otorgando prioridad a lo económico y comercial. Es posible que un plátano recorra el mundo sin problemas, que se realicen transacciones en el momento gracias a las tecnologías de la información y no es posible que un ser humano pueda desplazarse con libertad dónde considere que puede lograr que su situación precaria se modifique. Cada día se ponen más obstáculos para ello.

El artículo 13 de la Declaración Universal de los  Derechos Humanos nos dice:

1. Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado.

2. Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país.

Con ello, y con argumentos económicos, se está generando mayor desigualdad social. La distancia entre el primer y tercer mundo se hace más grande. Pero con los mismos argumentos, que se enmarcan dentro de políticas neoliberales, se están generando sociedades duales en las denominadas de primer mundo.

Una premisa fundamental de soberanía nacional es que un Estado tiene el poder para determinar a los no nacionales que admite en su territorio, para expulsar a los no nacionales bajo ciertas circunstancias, a controlar sus fronteras, y a hacer lo necesario para proteger su seguridad. Sin embargo, este poder para gestionar la migración debe ser ejercido con el pleno respeto a los derechos humanos fundamentales y libertades de los migrantes que se otorgan bajo un amplio rango de instrumentos internacionales de derechos humanos y el derecho internacional consuetudinario.

Pero es obvio que, atentados contra la vida humana se están produciendo a diario en alguna parte del mundo. Lo impactante del mismo, es que se realizara a la mayor potencia mundial con lo que conlleva de modificación en la concepción de diferentes cuestiones como la seguridad, la vulnerabilidad, la intolerancia, etc.

A partir de entonces, y casi como reacción inmediata, se produjo una distinción maniquea entre los buenos y los malos identificando a todas aquellas personas de origen árabe y de religión musulmana como los malos y al resto del mundo como los buenos.

A pesar de que se realizaron declaraciones en el intento de no caer en el estigma, ello ha producido en nuestra sociedad occidental determinadas reacciones que unidas al incremento de la llegada de inmigrantes, estemos viviendo en algunos puntos de nuestra geografía brotes xenófobos que identifican fundamentalmente a los inmigrantes de origen árabe y religión musulmana como personas no deseadas.

Sobra decir que en todas partes hay de todo, que nuestra historia nos une a los vecinos marroquíes, principal país de origen de la inmigración que llega a España, que aunque nos cueste entender su cultura, no podemos ni debemos identificarla como negativa, hemos de realizar un esfuerzo por acercarnos al igual que lo han de hacer todos aquellos que deciden fijar su residencia en nuestro país.

No podemos olvidar que las razones para emigrar no son simples y que la situación en la que viven muchas de las personas que deciden hacerlo dista mucho de lo que nosotros conocemos. Parten de una situación de desigualdad social con respecto al primer mundo. Sus necesidades básicas, las libertades, la capacidad y posibilidad de mejorar en la mayoría de los casos se ven mermadas sino anuladas. Y en el mundo de la globalización, parecen tener menos posibilidades de salir de su situación aquellos que menos tienen si no es con la concienciación, la condonación de deudas y el apoyo para el desarrollo sostenible y el aporte presupuestario de aquellos que están situados en una mejor posición.

Si bien se puede decir que en las personas o sociedades que viven situaciones de precariedad existen factores que influyen para que los valores sean diferentes que en aquellas que gozan de una mejor situación, no es menos cierto que, en aquellas sociedades avanzadas cuyos valores aparentemente son sólidos, también se producen hechos, de resultado similar,  que nos hacen repensar en la solidez de los mismos.

Por ejemplo, el valor de la defensa de la vida humana parece que está más enraizado en las culturas occidentales avanzadas, el hecho de pertenecer al primer mundo hace pensar que como sello identificativo está la defensa de la vida y la defensa de los derechos humanos. Pero cada uno lo entendemos de diferente forma.

De todos es conocido que en la mayor potencia mundial, EEUU, no está abolida la pena de muerte en algunos estados; que en él “conviven” más de 40 millones de pobres, que este mismo país es el protagonista, en nombre de la defensa de las libertades, de ataques a poblaciones indefensas en las que se pierden muchas vidas…  es probable que se pudieran poner más ejemplos como también es cierto que realizar modificaciones es una tarea lenta y han comenzado con ello.

En el camino de la globalización, unos seguirán adelante y otros simplemente no. Los que no lo hagan, sencillamente, dejarán de estar y esto implica que no tendrán voz, se fortalecerá la dualidad social de la que ya estamos siendo testigos.

Esto también puede calificarse de violencia, aniquilar en silencio los derechos de millones de personas que se están quedando sin voz y que ven condenada su existencia a una supervivencia miserable y no únicamente aquella que arremete física o verbalmente  contra las personas.

Para dejar de hablar de desigualdad social hemos de partir del principio de justicia social y para ello se han de dar determinadas situaciones como premisas de partida. Las situaciones que pretenden ser objeto de dicha justicia y que se suponen como problemáticas han de ser reconocidas como tal por todas las partes implicadas y tomar la decisión al respecto en cuanto a su posible solución. Por otro lado, los protagonistas y por ello se entiende afectados, han de tener voz y ser escuchados. Si tenemos en cuenta que gran parte de las poblaciones en situación de precariedad están perdiendo su voz por encontrarse en un mundo globalizado tenemos que reconocer que nos estamos alejando de alcanzar la justicia social.

Pero por fortuna, las nuevas tecnologías han venido también a facilitar que se unan las voces de personas y sociedades que pudieran ser a priori impensable, ejemplos como Túnez, Egipto, Irán, Libia, Barhein y Marruecos han salido a la calle, han hablado y eso ha sido posible por la utilización de medios para comunicarse y dotarse de fuerza para solicitar que se modifiquen sus situaciones.

Quienes aún tienen voz en ese mundo subdesarrollado están siendo sometidos a una intervención que quiere conseguir que sus planteamientos logren una convergencia con los planteamientos y valores del primer mundo. La tolerancia pasaría por respetar las culturas, los planteamientos y las formas de vida de todos y cada uno, buscando los puntos en común que nos pueden hacer crecer y avanzar a todos; la intervención de la que he hablado anteriormente puede ser vivida por muchas personas como una forma de violencia hacia sus culturas, violencia menos apreciada por las poblaciones occidentales desarrollada.

En definitiva, el poder económico y político, la situación de partida de cada uno de nosotros y nosotras y nuestra cultura hacen que los valores de igualdad y justicia social, tolerancia y no-violencia sean diferentes.