40 años para aprender, reflexionar y compartir

Entre estos dos carnets han pasado cuarenta años de vida profesional, pero sobre todo cuarenta años de aprendizaje.

Cuando terminé la carrera de Psicología, ese joven psicólogo, estaba convencido de que los problemas sociales podían comprenderse y abordarse mediante un análisis riguroso de la realidad. Creía en los diagnósticos, en la planificación, en los indicadores y en las metodologías. Pensaba que, si conseguíamos identificar correctamente las causas de los problemas y diseñábamos respuestas coherentes, los resultados llegarían como consecuencia natural del proceso. Durante mucho tiempo esa fue mi forma de entender el trabajo. Aprendí herramientas, construí marcos lógicos, diseñé sistemas de evaluación y dediqué muchas horas a intentar comprender cómo hacer que las organizaciones funcionaran mejor. Y, en buena medida, aquello funcionaba. Los proyectos avanzaban, los objetivos se cumplían y los resultados parecían confirmar que el camino era el correcto.

Sin embargo, los años terminan enseñando cosas que ninguna metodología explica por completo. A medida que fui asumiendo responsabilidades de dirección descubrí que existía una variable mucho más determinante que cualquier herramienta de planificación. Vi proyectos técnicamente impecables fracasar porque las personas no creían en ellos. Vi organizaciones llenas de procedimientos incapaces de aprovechar el talento que tenían dentro. Vi indicadores que mejoraban mientras el compromiso se deterioraba silenciosamente. Y también observé exactamente lo contrario: equipos capaces de lograr resultados extraordinarios en situaciones muy complejas porque existía algo que no aparecía en ningún organigrama ni en ningún cuadro de mando. Con el tiempo comprendí que ese algo era la confianza.

Comprendí que las personas no trabajan de forma coherente con los documentos que escribimos sobre ellas, sino con aquello que realmente sienten, creen y valoran. Comprendí que la supervisión constante puede generar obediencia, pero rara vez genera compromiso. Comprendí que donde existe confianza las personas asumen responsabilidades que nadie les ha impuesto formalmente, aportan soluciones que nadie les había pedido y despliegan capacidades que muchas veces permanecen ocultas en culturas excesivamente orientadas al control. También comprendí que el error ocupa un lugar central en todo este proceso. Allí donde equivocarse se convierte en motivo de castigo, las personas aprenden a protegerse. Allí donde el error se analiza para aprender, las personas aprenden a innovar.

Quizá la lección más importante que me llevo después de cuatro décadas es que la confianza no es lo contrario de la exigencia. Durante años escuché que confiar significaba relajar el control o disminuir la responsabilidad. Mi experiencia me ha enseñado exactamente lo contrario. La confianza es la condición que permite que la exigencia sea sostenible. Es la base sobre la que se construyen la responsabilidad, el aprendizaje y la innovación. Cuando las personas sienten que alguien confía en ellas, dejan de dedicar parte de su energía a defenderse y pueden dedicarla a crear, a colaborar y a resolver problemas. Cuando saben que un error será analizado en lugar de castigado, se atreven a explorar caminos nuevos. Cuando sienten que forman parte de algo que merece la pena, el compromiso deja de ser una obligación para convertirse en una elección.

A lo largo de estos cuarenta años he tenido la fortuna de trabajar en una organización y con un equipo directivo, que me permitió aprender constantemente, asumir retos muy diferentes, experimentar, equivocarme y crecer profesionalmente junto a miles de personas extraordinarias. Como en cualquier trayectoria larga, también hubo dificultades, desacuerdos, errores y proyectos que no salieron como esperábamos. Sería absurdo pretender lo contrario. Pero cuando miro hacia atrás, esos momentos no son los que definen el balance final. Lo que permanece es el privilegio de haber compartido una parte tan importante de mi vida con personas comprometidas con mejorar la realidad de quienes más lo necesitan.

Ahora comienza una nueva etapa. La jubilación pone fin a una carrera profesional, pero no necesariamente a la curiosidad, al aprendizaje ni al compromiso con las ideas que han dado sentido a tantos años de trabajo. Si tuviera que resumir todo lo aprendido en una sola convicción, probablemente sería esta: las organizaciones pueden disponer de excelentes estrategias, sofisticados sistemas de planificación y tecnologías cada vez más avanzadas, pero nada de ello sustituye la confianza. La confianza sigue siendo la infraestructura invisible sobre la que se construyen las mejores organizaciones y los mejores equipos.

Por eso, aunque cierro una etapa profesional, no siento que termine una conversación que me ha acompañado durante toda la vida. Al contrario. Dispongo ahora de algo que durante años siempre fue escaso: tiempo para pensar, para leer, para escribir y para compartir.

En los próximos años quiero dedicar una parte importante de ese tiempo al blog Iniciativa Social, un espacio desde el que intentaré ordenar, reflexionar y compartir muchas de las lecciones, preguntas, errores y aprendizajes acumulados durante estas cuatro décadas de trabajo. No porque crea tener respuestas definitivas, sino porque sigo convencido de que el conocimiento adquiere su verdadero valor cuando se comparte y se pone al servicio de otros.

Cuando miro hacia atrás no son los planes que elaboré, los cargos que ocupé o los proyectos que impulsé lo que primero viene a mi memoria. Son las personas. Las miles de personas con las que tuve la suerte de trabajar, aprender, discrepar, construir y crecer durante todos estos años.

A todas ellas, gracias.

He sido enormemente afortunado. Ha sido un auténtico privilegio.

Y quizá esa sea la mejor forma de cerrar este ciclo: seguir aprendiendo y seguir conversando, aunque ahora desde otro lugar.

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