La experiencia imposible: talento, confianza y acceso al primer empleo en las sociedades del conocimiento (II)

Las sociedades del conocimiento han alcanzado un éxito notable en la expansión de la educación y el desarrollo de competencias. Sin embargo, ese avance convive con una contradicción institucional: mientras se multiplican las oportunidades para aprender, persisten barreras para transformar el aprendizaje en una primera experiencia profesional.

En esta segunda entrada, se abordan algunos otros aspectos que quedaron pendientes.

La experiencia como capital

Bourdieu (1986) señaló que las desigualdades no se explican únicamente por la distribución de recursos económicos. También dependen del capital cultural, social y simbólico que las personas acumulan y movilizan para acceder a posiciones y oportunidades. Desde esta perspectiva, la experiencia laboral puede interpretarse como una forma específica de capital profesional.

La experiencia incorpora conocimiento práctico, pero su valor no se reduce a las tareas aprendidas. También comunica que una organización reconoció previamente la capacidad de una persona y decidió confiar en ella. Constituye, por tanto, una certificación institucional de competencia y fiabilidad.

Cuando una empresa solicita experiencia, busca reducir la incertidumbre asociada a la contratación. La trayectoria previa actúa como una señal: otra organización ya observó el desempeño de la persona candidata, le asignó responsabilidades y puede proporcionar referencias. Este razonamiento es especialmente comprensible en puestos complejos o de elevada responsabilidad.

El problema comienza cuando la experiencia se transforma en un requisito generalizado para posiciones cuya función debería ser precisamente generarla. En esos casos, deja de ser un indicador proporcionado y se convierte en una condición previa de pertenencia: para entrar es necesario demostrar que ya se ha estado dentro.

Su carácter acumulativo intensifica la desigualdad. Quien obtiene una primera oportunidad comienza a reunir referencias, contactos, conocimientos organizativos y logros verificables. Cada experiencia facilita el acceso a la siguiente. Quien permanece fuera no solo deja de aprender en el puesto de trabajo, sino que pierde la posibilidad de construir las señales que las empresas utilizan en futuras selecciones.

La primera experiencia produce así una ventaja que puede ampliarse a lo largo del tiempo. Dubet (2011) ha mostrado cómo desigualdades iniciales aparentemente limitadas pueden acumularse y generar trayectorias progresivamente divergentes. En el ámbito laboral, acceder o no a un primer puesto relacionado con la formación puede condicionar durante años el tipo de vacantes disponibles, las expectativas salariales y la estabilidad profesional.

Esta dinámica se desarrolla, además, en un mercado caracterizado por la flexibilidad y la discontinuidad. Las trayectorias lineales han perdido peso y las personas deben demostrar reiteradamente su capacidad de adaptación. Sennett (2006) subraya que la incertidumbre del capitalismo flexible no elimina las exigencias profesionales, sino que las hace más constantes. Las organizaciones buscan perfiles adaptables mientras reducen su disposición a asumir el aprendizaje inicial que permite construir esa adaptabilidad.

Comprender la experiencia como capital permite reconocer que no se distribuye únicamente de acuerdo con el talento. Depende también de decisiones empresariales, redes sociales, recursos familiares y oportunidades institucionales. La trayectoria profesional no refleja de manera pura la capacidad individual; registra igualmente las ocasiones en las que esa capacidad pudo ser ejercida y reconocida.

Esta interpretación no pretende restar valor al conocimiento adquirido mediante la práctica. Por el contrario, ayuda a explicar por qué la experiencia es tan relevante y, precisamente por ello, por qué su distribución inicial merece atención. Un recurso que produce ventajas acumulativas no puede tratarse como si surgiera espontáneamente de las decisiones individuales.

La experiencia debería entenderse como el resultado de una oportunidad aprovechada, no como una prueba que todas las personas pueden obtener antes de recibirla. Cuando se olvida este origen, el mercado laboral selecciona principalmente sobre la base del reconocimiento ya acumulado y reduce su capacidad para identificar potencial todavía no certificado.

Innovar sin confiar: la contradicción empresarial

La innovación ocupa un lugar central en el discurso empresarial. Las organizaciones afirman necesitar profesionales creativos, digitalmente competentes, capaces de aprender, trabajar en equipos diversos y responder a entornos inciertos. La transformación tecnológica refuerza esta demanda al modificar tareas, modelos productivos y formas de organizar el trabajo.

Las generaciones jóvenes parecen reunir muchas de estas características. Han crecido en contextos digitalizados, están familiarizadas con procesos de aprendizaje continuo y han incorporado competencias transversales que anteriormente ocupaban una posición secundaria. Sin embargo, los mecanismos de selección continúan privilegiando con frecuencia la reproducción de trayectorias ya conocidas.

La contradicción reside en que las organizaciones aspiran a innovar, pero tratan de reducir al mínimo el riesgo asociado a la incorporación de talento. La experiencia previa proporciona una sensación inmediata de seguridad: disminuye los costes esperados de adaptación y permite comparar las funciones ya desempeñadas con las necesidades de la vacante.

Esta decisión puede resultar eficiente en una contratación concreta. No obstante, su generalización genera costes menos visibles. Cuando todas las empresas buscan candidaturas previamente formadas por otras organizaciones, el sistema en su conjunto reduce los espacios destinados a producir nueva experiencia. Cada empleador espera beneficiarse de una inversión formativa realizada en otro lugar.

La innovación, entendida como ruptura y recombinación de conocimientos, exige asumir cierto grado de incertidumbre. La idea schumpeteriana de destrucción creativa recuerda que la renovación económica surge cuando nuevas soluciones cuestionan prácticas consolidadas (Schumpeter, 1942). Una organización que selecciona exclusivamente perfiles con recorridos idénticos puede reducir el riesgo inmediato, pero también limitar la diversidad de perspectivas disponible.

No se trata de equiparar juventud e innovación ni de contraponer talento emergente y experiencia. La experiencia aporta criterio, conocimiento de los procesos y capacidad para anticipar problemas. La innovación depende también de liderazgo, inversión, cultura organizativa y cooperación. El argumento es más limitado: una política de incorporación que excluye sistemáticamente a quienes todavía no han construido una trayectoria reduce la posibilidad de combinar conocimientos consolidados con nuevas capacidades.

La transformación tecnológica hace todavía más evidente esta necesidad. En ámbitos sometidos a cambios acelerados, el contenido de la experiencia puede quedar parcialmente desactualizado, mientras que la capacidad para aprender adquiere un valor estratégico. Por ello, la evaluación del potencial, la resolución de problemas y la velocidad de aprendizaje pueden complementar la trayectoria previa como criterios de selección.

Los programas de incorporación de titulados, los itinerarios de aprendizaje, la formación vinculada al puesto y los procesos basados en competencias representan intentos de gestionar el riesgo sin cerrar la puerta a quienes comienzan. Estas iniciativas parten de la idea de que el talento no siempre puede medirse por el tiempo acumulado en empleos anteriores.

La contratación de perfiles sin experiencia exige recursos de acompañamiento, supervisión y formación. No es una decisión carente de costes. Pero tampoco lo es depender de un mercado que no renueva sus capacidades y espera encontrar profesionales completamente desarrollados sin participar en su desarrollo.

Innovar implica confiar antes de disponer de todas las certezas. Las organizaciones que desean incorporar conocimiento nuevo deben ser capaces de reconocer competencias todavía no convertidas en una trayectoria extensa. De lo contrario, la innovación quedará limitada al discurso mientras los mecanismos de selección continúan protegiendo, sobre todo, la familiaridad.

La paradoja de los perfiles junior

Los puestos *junior* deberían constituir la principal puerta de entrada al empleo cualificado. En su sentido original, identifican posiciones destinadas a personas que comienzan, aprenden dentro de una organización y desarrollan progresivamente las competencias asociadas al puesto.

Sin embargo, numerosas ofertas calificadas como *junior* incorporan requisitos de uno, dos o incluso tres años de experiencia, además de titulaciones, idiomas, herramientas especializadas y disponibilidad inmediata. Un puesto destinado a quienes empiezan exige, paradójicamente, haber empezado antes.

Esta práctica desplaza la primera oportunidad hacia un espacio situado entre la educación y el empleo: prácticas curriculares y extracurriculares, becas, contratos de duración limitada, colaboraciones y programas formativos. Estas fórmulas pueden facilitar la transición cuando proporcionan aprendizaje real, supervisión y una conexión clara con oportunidades posteriores.

La dificultad aparece cuando dejan de actuar como un puente y se convierten en un circuito prolongado. Cada experiencia permite acceder a otra experiencia de características semejantes, pero no necesariamente a un empleo que reconozca la cualificación y consolide la trayectoria. La persona acumula actividades sin alcanzar el nivel de experiencia que las organizaciones consideran suficiente.

Esta situación altera el significado de la categoría *junior*. Ya no designa a quien comienza, sino a quien ha superado una fase previa de incorporación que permanece poco definida. La experiencia inicial se externaliza a otras empresas, instituciones educativas o a la propia persona, que debe financiar tiempo adicional de preparación antes de ser considerada plenamente contratable.

El fenómeno transmite además un mensaje de insuficiencia permanente. Siempre parece faltar una certificación, una herramienta, una práctica o un periodo adicional. El aprendizaje continuo, necesario en las sociedades del conocimiento, puede convertirse así en una exigencia indefinida cuando no se vincula con oportunidades efectivas.

La cuestión central no es eliminar los requisitos técnicos ni presumir que cualquier persona puede desempeñar de inmediato cualquier función. Consiste en diferenciar los conocimientos imprescindibles antes de la incorporación de aquellos que pueden y deben desarrollarse en el puesto de trabajo.

Una oferta de entrada coherente debería identificar con claridad qué capacidades constituyen condiciones iniciales, qué competencias se adquirirán durante la relación laboral y qué apoyo proporcionará la organización. Exigir como requisito todo aquello que podría aprenderse dentro de la empresa reduce artificialmente el número de candidaturas y traslada la responsabilidad formativa fuera de la organización.

Recuperar el significado de los perfiles *junior* implica reconocer que una persona principiante no es una profesional incompleta, sino alguien situado en una fase legítima de desarrollo. La organización no recibe una trayectoria acabada; participa en su construcción.

La experiencia deja entonces de concebirse únicamente como filtro de selección y vuelve a ser uno de los resultados esperados del trabajo. Esta modificación no elimina el riesgo empresarial, pero lo hace compatible con la renovación del talento y con la responsabilidad de sostener el relevo profesional.

La primera oportunidad como institución social

La primera oportunidad laboral suele presentarse como una relación privada entre una empresa y una persona candidata. Sin embargo, sus efectos superan ampliamente ese vínculo. El acceso inicial al empleo influye en la autonomía económica, la emancipación residencial, la identidad profesional, la participación social y la confianza en las instituciones.

El trabajo proporciona ingresos, pero también reconocimiento, vínculos y expectativas de futuro. Cuando la incorporación se retrasa o se produce mediante experiencias que no consolidan una trayectoria, la incertidumbre laboral se convierte en incertidumbre vital. Las dificultades de emancipación observadas entre la población joven no dependen exclusivamente del empleo, pero la estabilidad y los ingresos constituyen condiciones esenciales para iniciar proyectos autónomos (Consejo de la Juventud de España, 2025).

La precariedad inicial también puede prolongarse y afectar al conjunto de la carrera. Standing (2011) describe cómo la inseguridad laboral sostenida genera posiciones caracterizadas por la falta de estabilidad, protección y control sobre el propio futuro. Bauman (2007), por su parte, relaciona la incertidumbre contemporánea con la dificultad para construir proyectos duraderos en instituciones sometidas a cambios constantes.

Estas consecuencias justifican entender la primera oportunidad como una institución social. No se trata de garantizar un puesto determinado a cada persona ni de eliminar los criterios de selección. Se trata de reconocer que el sistema necesita mecanismos estables para transformar la educación en experiencia, del mismo modo que dispone de instituciones para producir y certificar conocimientos.

Las empresas desempeñan un papel central porque solo el trabajo puede generar plenamente experiencia laboral. Incorporar talento emergente no constituye únicamente un acto de responsabilidad social. También es una inversión en capacidades futuras, sucesión profesional y adaptación organizativa.

Las administraciones públicas, por su parte, no deberían limitar sus intervenciones a mejorar la oferta formativa. También deben observar la calidad de las transiciones, facilitar la colaboración entre centros educativos y empresas y promover fórmulas de incorporación que combinen trabajo, aprendizaje y reconocimiento profesional. El objetivo no es sustituir la decisión empresarial, sino reducir los costes y la incertidumbre que dificultan las contrataciones iniciales.

Las instituciones educativas también participan en esta responsabilidad. La formación práctica, la orientación y la conexión con el tejido productivo pueden mejorar la transición, siempre que no conviertan a estudiantes y titulados en una fuente permanente de trabajo provisional. Las prácticas deben conservar una finalidad formativa y actuar como puente, no como sustitución indefinida de puestos de entrada.

Considerar la primera oportunidad una institución social exige prestar atención a su calidad. No toda experiencia genera el mismo capital profesional. Para que una incorporación cumpla su función debe proporcionar tareas relevantes, aprendizaje, acompañamiento y resultados que puedan ser reconocidos en oportunidades posteriores.

También requiere revisar los procesos de selección. La experiencia puede seguir siendo un criterio pertinente, pero debería complementarse con evaluación de competencias, potencial, capacidad de aprendizaje y adecuación a las funciones. En puestos de entrada, su ausencia no puede interpretarse automáticamente como ausencia de capacidad.

El acceso inicial tiene, además, una dimensión de confianza institucional. Las sociedades solicitan a las personas jóvenes que estudien, se adapten y contribuyan al bienestar colectivo. A cambio, no pueden garantizarles el éxito, pero sí deben ofrecer reglas coherentes y oportunidades razonablemente abiertas para demostrar el esfuerzo realizado.

Cuando esa reciprocidad se debilita, la frustración no procede necesariamente de una resistencia al esfuerzo. Puede responder a la percepción de que el esfuerzo no encuentra cauces para ser reconocido. La barrera de la experiencia afecta entonces a la cohesión social y a la legitimidad de las instituciones que promovieron la educación como vía de progreso.

La primera oportunidad debe dejar de concebirse como una excepción concedida por una organización especialmente generosa. Es una función necesaria para la reproducción del mercado laboral. Ninguna economía puede depender indefinidamente de profesionales experimentados sin crear los espacios en los que las nuevas generaciones adquieran esa experiencia.

Conclusiones

Las sociedades del conocimiento han alcanzado un éxito notable en la expansión de la educación y el desarrollo de competencias. Sin embargo, ese avance convive con una contradicción institucional: mientras se multiplican las oportunidades para aprender, persisten barreras para transformar el aprendizaje en una primera experiencia profesional.

La dificultad no puede explicarse únicamente mediante la empleabilidad individual. Las personas jóvenes han respondido ampliamente al mandato de estudiar, especializarse y adaptarse. El problema reside también en la accesibilidad: las reglas mediante las cuales las empresas y las instituciones deciden quién puede demostrar por primera vez sus capacidades.

La experiencia posee un valor real. Aporta conocimientos prácticos, criterio y comprensión organizativa. Pero también funciona como una señal de confianza y como un capital acumulativo. Quien recibe la primera oportunidad mejora su posición para acceder a las siguientes; quien queda fuera encuentra cada vez más dificultades para obtener las pruebas que el mercado exige.

Cuando los puestos de entrada reclaman trayectorias previas, la experiencia deja de ser el resultado del trabajo y se convierte en una condición circular. Esta dinámica debilita la promesa meritocrática, desaprovecha parte de la inversión educativa y limita la renovación del talento dentro de las organizaciones.

La respuesta no consiste en eliminar los criterios de selección ni en minusvalorar la experiencia. Requiere recuperar la función de los puestos iniciales, valorar el potencial junto con la trayectoria y distribuir entre empresas, administraciones e instituciones educativas la responsabilidad de facilitar transiciones de calidad.

La primera oportunidad no es únicamente el comienzo de una carrera individual. Es el mecanismo mediante el cual una sociedad convierte conocimiento en capacidad productiva, autonomía personal y confianza institucional. Reconocer su carácter social permite formular la cuestión de manera diferente: no se trata de preguntar por qué las personas jóvenes carecen de experiencia, sino de examinar qué organizaciones e instituciones están dispuestas a producirla.

Toda persona experimentada fue antes una persona sin experiencia. La diferencia no estuvo únicamente en su mérito o preparación. Estuvo también en que alguien decidió confiar antes de disponer de todas las pruebas.

Bibliografía

Bauman, Z. (2007). Liquid times: Living in an age of uncertainty. Polity Press.

Becker, G. S. (1964). Human capital: A theoretical and empirical analysis, with special reference to education. University of Chicago Press.

Bourdieu, P. (1986). The forms of capital. En J. G. Richardson (Ed.), Handbook of theory and research for the sociology of education (pp. 241–258). Greenwood Press.

Consejo de la Juventud de España. (2025). Observatorio de emancipación. Consejo de la Juventud de España.

Dubet, F. (2011). Repensar la justicia social: Contra el mito de la igualdad de oportunidades. Siglo XXI.

Eurostat. (2024). Young people on the labour market. Publications Office of the European Union.

Organisation for Economic Co-operation and Development. (2023). Education at a glance 2023: OECD indicators. OECD Publishing.

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Sandel, M. J. (2020). The tyranny of merit: What’s become of the common good? Farrar, Straus and Giroux.

Schumpeter, J. A. (1942). Capitalism, socialism and democracy. Harper & Brothers.

Servicio Público de Empleo Estatal. (2026). Informe del mercado de trabajo de las personas jóvenes. Datos 2025. Observatorio de las Ocupaciones, Ministerio de Trabajo y Economía Social.

Sennett, R. (2006). La corrosión del carácter: Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo. Anagrama.

Standing, G. (2011). The precariat: The new dangerous class. Bloomsbury Academic.

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