Cuando la ignorancia se siente experta: Dunning-Kruger, audiencias y el ruido mediático tras el caso de Adamuz

Cada vez que ocurre un accidente grave o una tragedia colectiva, el espacio público se llena de explicaciones inmediatas. Antes incluso de que se conozcan los hechos esenciales, aparecen interpretaciones cerradas, diagnósticos concluyentes y responsables perfectamente identificados. El reciente accidente de Adamuz no ha sido una excepción. Más bien, ha sido un ejemplo especialmente ilustrativo de un fenómeno bien conocido en psicología cognitiva: el efecto Dunning-Kruger.

Conviene distinguir desde el inicio entre los hechos que aún se investigan, las hipótesis técnicas que deberán contrastarse y las opiniones emitidas en caliente. Confundir estos planos es uno de los principales factores que degradan el debate público en situaciones de alta carga emocional.

Del sesgo individual al problema público

En 1999, los psicólogos David Dunning y Justin Kruger publicaron un artículo ya clásico en Journal of Personality and Social Psychology en el que describían un sesgo sistemático: las personas con bajo nivel de conocimiento o competencia en un ámbito tienden a sobreestimar gravemente su comprensión y su habilidad, mientras que las personas verdaderamente competentes suelen ser más prudentes, conscientes de la complejidad y de los límites de lo que saben (Dunning & Kruger, 1999). Dicho de otro modo: cuanto menos se sabe, más fácil resulta creer que se sabe suficiente.

¿Qué es el efecto Dunning-Kruger?

Un sesgo cognitivo por el cual las personas con bajo nivel de competencia tienden a sobreestimar su conocimiento, mientras que las personas expertas suelen subestimarlo debido a su mayor conciencia de la complejidad.

Este sesgo, que en el plano individual puede parecer anecdótico, adquiere una dimensión especialmente problemática cuando se proyecta sobre el ecosistema mediático. En el caso de Adamuz, bastaron unas horas para que tertulianos, opinadores habituales y usuarios influyentes en redes sociales ofrecieran explicaciones tajantes sobre las causas del accidente, muchas veces sin formación específica en seguridad vial, investigación de siniestros, ingeniería del transporte o gestión del riesgo. La seguridad del tono contrastaba llamativamente con la escasez de información disponible.

Pensamiento rápido, medios rápidos

Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía, ayuda a entender por qué este fenómeno resulta tan frecuente. En Pensar rápido, pensar despacio (2011), distingue entre dos sistemas de pensamiento: el Sistema 1, rápido, intuitivo y emocional, y el Sistema 2, lento, analítico y deliberativo. El debate mediático inmediato se apoya casi exclusivamente en el primero: respuestas rápidas, causalidades simples, narrativas cerradas.

El problema es que los accidentes complejos —como cualquier suceso con múltiples factores técnicos, humanos y contextuales— requieren precisamente del segundo sistema: tiempo, datos, contraste y cautela. Aquí el efecto Dunning-Kruger opera de forma casi perfecta. Quien no domina un campo tiende a simplificarlo en exceso; quien lo conoce sabe que los accidentes rara vez responden a una sola variable y que establecer conclusiones sin investigación rigurosa no es solo incorrecto, sino irresponsable.

Por eso, los expertos auténticos suelen hablar en condicional, introducir matices y reconocer la incertidumbre. Y precisamente por eso, su discurso resulta menos atractivo para determinados formatos mediáticos.

Cuando la ignorancia se vuelve rentable

A este sesgo cognitivo individual se suma un problema estructural que rara vez se analiza con la misma claridad: los incentivos del sistema mediático contemporáneo. En un entorno marcado por la competencia por la audiencia, la inmediatez y la lógica del espectáculo, los medios tienden a premiar a quienes opinan de todo con contundencia, seguridad y frases rotundas. La duda, la prudencia y el “todavía no lo sabemos” penalizan en términos de tiempo en pantalla, visibilidad y viralidad.

De este modo, se consolida una figura recurrente: el tertuliano omnisciente, capaz de sentar cátedra sobre cualquier asunto con idéntico aplomo, independientemente de su conocimiento real sobre la materia. No porque sepa más, sino porque el formato recompensa la seguridad, no el rigor. Esta dinámica no solo amplifica el efecto Dunning-Kruger, sino que lo convierte en una ventaja competitiva.

La ignorancia segura de sí misma no es un error del sistema mediático: es uno de sus productos.

Ética periodística y responsabilidad social

Este patrón entra en tensión directa con los principios básicos de la ética del periodismo. Los códigos deontológicos —desde los de la FAPE hasta los principios internacionales— subrayan la obligación de verificar, contextualizar y evitar el sensacionalismo, especialmente en situaciones de dolor y conmoción social.

Esta dinámica no solo empobrece el debate público: también afecta a la confianza en las instituciones, banaliza la complejidad de los hechos y añade sufrimiento innecesario a las víctimas y a sus familias, sometidas al juicio público antes de que existan conclusiones técnicas.

Conviene subrayarlo: el problema no es opinar. Opinar es legítimo y forma parte de una sociedad abierta. El problema surge cuando opinar se confunde con saber, cuando el aplomo retórico sustituye al análisis técnico y cuando la ignorancia se reviste de autoridad mediática. En ese punto, el sesgo deja de ser individual y se convierte en un problema colectivo.

Una responsabilidad compartida

El caso de Adamuz debería invitarnos a una reflexión más amplia. No solo sobre las causas últimas de un accidente concreto —que deberán determinarse con rigor y tiempo—, sino sobre nuestra relación con el conocimiento, la duda y el silencio. Tal vez una sociedad madura no sea la que produce más opiniones por minuto, sino la que sabe distinguir mejor entre información, interpretación y especulación.

Tal vez bastaría con tres reglas simples:

  1. Diferenciar claramente información y opinión.
  2. Priorizar voces expertas frente a aplomos genéricos.
  3. Asumir que no saber aún es una respuesta legítima.

Dunning y Kruger nunca pensaron su teoría como un arma arrojadiza, sino como una advertencia. Kahneman tampoco propone desconfiar del pensamiento rápido, sino aprender a reconocer cuándo no es suficiente. Aplicado al debate público, el aprendizaje es claro y exigente: la duda informada es hoy un acto de responsabilidad pública.

Referencias

Casero-Ripollés, A. (2020). Impacto del COVID-19 en el sistema de medios. Consecuencias comunicativas y democráticas del consumo de noticias durante el brote. El profesional de la información, 29(2), e290223.

Dunning, D., & Kruger, J. (1999). Unskilled and unaware of it: How difficulties in recognizing one’s own incompetence lead to inflated self-assessments. Journal of Personality and Social Psychology, 77(6), 1121–1134. https://doi.org/10.1037/0022-3514.77.6.1121

Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE). (2017). Código deontológico del periodismo. FAPE.

García Avilés, J. A. (2015). Comunicación periodística en la era digital. Síntesis.

Innerarity, D. (2018). Política para perplejos. Galaxia Gutenberg.

Kahneman, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio. Debate. (Obra original publicada en 2011).

McQuail, D. (2010). Teoría de la comunicación de masas (6.ª ed.). Paidós.

Sunstein, C. R. (2010). Rumores: cómo se propagan las falsedades, por qué nos las creemos y qué se puede hacer. Debate. (Obra original publicada en 2009).

Tversky, A., & Kahneman, D. (1983). Juicio bajo incertidumbre: heurísticas y sesgos. En D. Kahneman, P. Slovic y A. Tversky (Eds.), Juicio bajo incertidumbre: heurísticas y sesgos (pp. 17–34). Alianza.

Marcar como favorito enlace permanente.

Deja una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.