¿Pueden las movilizaciones por la vivienda cambiar unas elecciones?

Una movilización puede cambiar la conversación pública antes de cambiar unos resultados electorales. Puede hacer visible una injusticia, obligar a responder a los partidos y convertir una experiencia individual en una pregunta colectiva. Pero entre reconocer un problema y decidir a quién votar existe una distancia que la indignación, por intensa que sea, no recorre por sí sola. Para atravesarla hacen falta explicaciones que resulten convincentes, responsabilidades que puedan identificarse y alternativas en las que confiar. El malestar puede llenar una plaza sin encontrar una representación en las urnas.

El desahucio de Maricarmen, de 87 años, ejecutado en Madrid el 23 de septiembre, ha dado un rostro concreto al conflicto de la vivienda. Las protestas posteriores y la acampada en Sol han situado ese conflicto en el centro del debate político. Con las elecciones generales convocadas para el 29 de noviembre, la pregunta adquiere otra dimensión: qué sucede cuando una movilización que reclama respuestas coincide con una campaña en la que los partidos compiten por interpretar ese malestar. La proximidad entre ambos acontecimientos abre una posibilidad de influencia; no permite anticipar su dirección ni su alcance.

La comparación con el 15M resulta útil si se utiliza para comprender esa dificultad, no para anunciar una repetición de la historia. Una plaza ocupada no desemboca necesariamente en un partido nuevo. Una reivindicación socialmente mayoritaria no produce automáticamente una mayoría parlamentaria. Y quien obtiene beneficios electorales de un conflicto no tiene por qué ser quien más se aproxima a las demandas de quienes protestan. La cuestión no es, por tanto, si la vivienda puede tener impacto electoral —puede tenerlo—, sino a través de qué mecanismos, en qué plazos y a favor de quién.

El recuerdo del 15M suele unir las acampadas de 2011 con el ascenso posterior de Podemos y las candidaturas municipalistas. Esa asociación comprime el tiempo y puede hacer olvidar el primer resultado electoral de aquel ciclo. En las generales del 20 de noviembre de 2011, el PP obtuvo 186 diputados y el PSOE, 110. Seis meses después de las plazas, las urnas dieron una mayoría absoluta al Partido Popular. La protesta contra el funcionamiento de la representación política coexistió con una victoria contundente de uno de los principales partidos establecidos.

Ese resultado no demuestra que el 15M provocara la victoria del PP, ni permite deducir cómo votaron quienes participaron en las movilizaciones. Muestra que la visibilidad de una protesta y su traducción electoral pueden seguir ritmos diferentes. Sería tan equivocado presentar aquella mayoría absoluta como un triunfo del 15M como utilizarla para declarar que el movimiento careció de consecuencias políticas.

En diciembre de 2015 el escenario había cambiado. El PP obtuvo 123 escaños y el PSOE, 90; Podemos y sus confluencias sumaron 69 y Ciudadanos consiguió 40. Los dos principales partidos pasaron de reunir 296 diputados en 2011 a 213 en 2015: una reducción de 83 escaños. La concentración parlamentaria se había debilitado considerablemente. Pero esa diferencia no puede convertirse en una medida del efecto del 15M. Entre ambas elecciones intervinieron la crisis económica, la austeridad, el desgaste institucional, la organización de nuevas alternativas y la transformación de la competencia entre partidos.

La enseñanza no es que toda protesta termine transformando el sistema de partidos si espera el tiempo suficiente. Es que la influencia electoral necesita un trabajo de traducción. Hay que convertir experiencias en demandas, demandas en propuestas y propuestas en una expectativa creíble de actuación. Ese recorrido puede dar lugar a nuevas candidaturas, pero también puede modificar los programas de las existentes, alterar las prioridades de una campaña o aumentar el coste político de ignorar un problema. Medir el éxito de una movilización únicamente por la aparición de un partido sería reducir demasiado sus posibles efectos.

El barómetro de 40dB. publicado el 5 de octubre estima un 31,6 % para el PP, un 27,4 % para el PSOE, un 18,4 % para Vox, un 5,6 % para Sumar y un 2,7 % para Podemos. Las entrevistas se realizaron entre el 25 y el 28 de septiembre: después del desahucio, pero antes de la aprobación y el posterior rechazo parlamentario de los nuevos decretos y del anuncio electoral.

Conviene evitar dos conclusiones precipitadas: que la protesta ha fracasado porque no aparece un cambio claro en esa encuesta, o que la evolución de un partido constituye una consecuencia de la crisis de vivienda. La proximidad temporal no demuestra causalidad. Para identificar un efecto electoral habría que examinar cambios de preferencia, importancia atribuida al problema, responsabilidades percibidas y razones declaradas para votar. Una encuesta realizada durante una movilización no es, por ese solo hecho, una evaluación del impacto de la movilización.

Los resultados sobre actitudes añaden una cuestión especialmente relevante. La encuesta de 40dB. difundida el 2 de octubre encuentra apoyo a la intervención para contener los precios de la vivienda también entre votantes del PP y Vox. Esto plantea una diferencia que cualquier estrategia política debería comprender: compartir una demanda no significa confiar en el mismo partido para llevarla a cabo. Puede existir acuerdo sobre la necesidad de intervenir y desacuerdo sobre quién debe hacerlo; apoyo a una propuesta y desconfianza hacia quien la presenta; indignación ante un desahucio y continuidad en la preferencia electoral.

Esa distancia no debe despacharse atribuyendo incoherencia a los ciudadanos. En unas elecciones se elige entre conjuntos de propuestas, trayectorias y liderazgos. Una persona puede apoyar una medida de vivienda y considerar más determinantes otras cuestiones; puede creer que el partido que la defiende no será capaz de aplicarla o responsabilizarlo de no haber actuado antes. Para quienes promueven una reivindicación, conseguir adhesiones a su contenido es una tarea. Conseguir que ese contenido determine el voto es otra.

La hipótesis para interpretar el conflicto es que la vivienda puede conectar experiencias hasta ahora vividas por separado. Quien no puede emanciparse, quien teme perder su alquiler y quien ayuda a sus hijos para que puedan pagar una casa no necesariamente comparten identidad política. Sin embargo, pueden reconocerse en una pregunta común: qué condiciones hacen posible construir una vida autónoma. La vivienda permite formular el problema en términos que exceden el precio de un inmueble: seguridad, capacidad de decidir, arraigo y expectativas de futuro. La vivienda puede atravesar el mapa electoral antes de reorganizarlo.

Tampoco hay un beneficiario predeterminado. El conflicto podría movilizar a personas que antes se abstuvieron, favorecer a quien presente una respuesta convincente, castigar a quienes gobiernan o profundizar el desencanto. La proximidad ideológica a una demanda no concede la propiedad electoral de quienes la sostienen. El apoyo tendría que construirse mediante una combinación de propuestas, confianza y capacidad percibida para cumplirlas.

Aquí aparece una exigencia incómoda para todos los partidos. Quienes ejercen responsabilidades públicas deben explicar qué han hecho, qué resultados han obtenido y por qué sus nuevas promesas merecen crédito. Quienes aspiran a sustituirlos deben concretar cómo mejorarán el acceso a la vivienda y qué recursos, plazos y decisiones necesitarán. La oposición no convierte una propuesta en viable por el mero hecho de denunciar el fracaso del Gobierno; el Gobierno no convierte una promesa en creíble por el mero hecho de señalar los obstáculos de la oposición. La ciudadanía debería poder comparar actuaciones y compromisos, además de discursos.

Para el movimiento por la vivienda, la convocatoria electoral abre una oportunidad de influencia y una tensión sobre su autonomía. La campaña puede ampliar la atención a sus demandas, pero también intentar subordinarlas a las necesidades de cada partido. Mantener autonomía no exige renunciar a intervenir en el debate. Exige conservar criterios propios para valorar a todos: qué compromisos asumen, cómo los financiarán, qué resultados permitirán comprobar su cumplimiento y qué mecanismos habrá para exigir explicaciones.

Una forma concreta de ejercer esa influencia sería presentar una agenda pública de demandas, pedir respuestas comparables a las candidaturas y mantener su seguimiento después de las elecciones. Eso permitiría participar en la disputa política sin convertir el movimiento en una obligación de adhesión partidista. También facilitaría que personas con preferencias electorales diferentes apoyaran reivindicaciones compartidas. La amplitud social de una demanda puede perderse si se exige a cada participante que acepte, además, todo un programa ideológico.

Este es uno de los aprendizajes más útiles que cabe extraer del 15M: la participación necesita encontrar continuidad y capacidad de exigir. Reproducir la imagen de las plazas no asegura reproducir su influencia. Y conseguir que un partido incorpore una consigna tampoco garantiza que la transforme en decisiones. El desafío organizativo consiste en sostener la presión cuando disminuye la atención pública, explicar los avances y los incumplimientos y conservar una relación abierta con quienes se acercaron por primera vez al conflicto.

Las elecciones del 29 de noviembre ofrecerán un resultado, pero no una explicación automática de cuánto habrá pesado la vivienda. Esa influencia deberá estudiarse. También habrá que admitir una posibilidad políticamente relevante: que la movilización no altere sustancialmente el reparto de escaños, pero obligue a quienes los obtengan a asumir compromisos que antes podían eludir. Cambiar unas elecciones puede significar cambiar quién gana; también puede significar cambiar qué tendrá que hacer quien gane.

La pregunta final no es si volverá el 15M ni qué partido conseguirá apropiarse de la indignación. Es si las movilizaciones lograrán convertir la vivienda en una responsabilidad pública difícil de esquivar. Las urnas serán una parte de esa prueba. La otra comenzará después, cuando los compromisos deban resistir las negociaciones, los presupuestos y el ejercicio del gobierno. La influencia del movimiento no debería medirse solo por las palabras que consiga introducir en una campaña, sino por las decisiones que contribuya a hacer posibles. Para quienes necesitan una vivienda, el desenlace no será un porcentaje electoral: será poder construir una vida sin que encontrar un lugar donde vivir la mantenga permanentemente en suspenso.

Fuentes y referencias

Agencia EFE. (2026, 23 de septiembre). Ejecutado en Madrid el desahucio de Maricarmen, la anciana de 87 años.

Cadena SER. (2026, 5 de octubre). El efecto mariposa del desahucio de Maricarmen: cronología de un adelanto electoral.

El País. (2026, 5 de octubre). Consulte todos los datos internos de la encuesta: cuestionarios, cruces y respuestas individuales.

El País. (2026, 5 de octubre). Encuesta 40dB.: El «caso Maricarmen» no altera, por ahora, el voto.

Junta Electoral Central. (2011, 7 de diciembre). Resultados de las elecciones generales del 20 de noviembre de 2011. Boletín Oficial del Estado.

Junta Electoral Central. (2016, 26 de enero). Resultados de las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015. Boletín Oficial del Estado.

Munárriz, Á. (2026, 2 de octubre). La intervención para bajar el alquiler arrasa en la izquierda y se impone también entre los votantes del PP y Vox. El País.

Real Decreto 806/2026, de 5 de octubre, de disolución del Congreso de los Diputados y del Senado y de convocatoria de elecciones. (2026). Boletín Oficial del Estado, 248.

Revilla-Blanco, M. (2021). Cycle of protest and changes in Spanish party system: 15M, Mareas and new parties. Forum, (20), 206–232.

Marcar como favorito enlace permanente.

Deja una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.