¿Cuánta democracia soporta un partido?: Primarias, miedo al conflicto y reparto real del poder

Durante meses todo parecía decidido. El calendario estaba cerrado, la candidatura oficial llevaba semanas recorriendo agrupaciones y la organización transmitía esa serenidad que solo producen los procesos cuyo desenlace todos creen conocer de antemano. Las primarias iban a celebrarse, por supuesto. Nadie cuestionaba su conveniencia. Eran la demostración de que el partido practicaba internamente la democracia que reclamaba para el conjunto de la sociedad. Pero bastó que una persona anunciara su intención de competir sin el respaldo de la dirección para que la conversación cambiara por completo. De repente dejaron de ocupar el centro del debate las ideas, los proyectos o los modelos de liderazgo. La atención se desplazó hacia los avales, los plazos reglamentarios, el acceso al censo, la interpretación de las normas y las competencias de los órganos de garantías. La política cedió el protagonismo al procedimiento. Lo que hasta ese momento parecía un ejercicio de participación comenzó a presentarse como un problema de gobernabilidad.

La escena podría pertenecer a casi cualquier partido político y a casi cualquier democracia. Cambian las siglas, las ideologías, los protagonistas y los reglamentos, pero el patrón se repite con una regularidad sorprendente. Mientras las primarias confirman las expectativas de las direcciones, suelen presentarse como una prueba de madurez democrática. Cuando introducen la posibilidad real de alterar el equilibrio interno del poder, aparecen las apelaciones a la responsabilidad, las discusiones sobre las garantías y la preocupación por la estabilidad de la organización. Es entonces cuando la democracia deja de ser un principio abstracto y se convierte en una experiencia atravesada por la incertidumbre.

En realidad, el problema nunca ha sido únicamente la participación. El problema es la confianza. Toda organización democrática acaba enfrentándose, tarde o temprano, a una pregunta incómoda: ¿confía realmente en la capacidad de quienes la integran para decidir el rumbo colectivo o confía más en el criterio de quienes ya ocupan posiciones de dirección? La participación no responde por sí sola a esa pregunta. Simplemente la hace visible. Mientras el resultado permanece bajo control, la confianza parece fuera de discusión. Es cuando el desenlace deja de estar garantizado cuando una organización descubre hasta dónde está realmente dispuesta a confiar en su propia comunidad.

Ahí aparece una de las paradojas menos analizadas de nuestras democracias. Los partidos políticos reclaman, con razón, instituciones más abiertas, administraciones más transparentes y una ciudadanía más implicada en las decisiones públicas. Denuncian la desafección política y presentan la participación como uno de los principales remedios para recuperar la confianza social en las instituciones. Sin embargo, cuando esa misma lógica participativa penetra en su propio funcionamiento interno, el entusiasmo suele moderarse. La participación continúa siendo un valor, pero deja de ser incondicional. Es bienvenida mientras legitima las decisiones de la organización; empieza a resultar incómoda cuando puede modificarlas.

Durante mucho tiempo se pensó que las primarias podían corregir esa contradicción. Su incorporación a numerosos partidos respondió a una aspiración profundamente democrática: reducir el peso de las élites organizativas, ampliar la capacidad de decisión de la militancia y fortalecer la legitimidad de los liderazgos mediante procedimientos abiertos y competitivos. La idea parecía tan sencilla como convincente. Si los partidos constituyen uno de los principales instrumentos de representación política en una democracia, también deberían organizarse de acuerdo con los principios de participación, pluralismo y rendición de cuentas que exigen para el conjunto del sistema político.

La experiencia obliga, sin embargo, a matizar aquel optimismo inicial. Las primarias no han desaparecido; al contrario, se han consolidado como un elemento habitual de la vida interna de muchos partidos. Pero las organizaciones han aprendido a convivir con ellas sin renunciar completamente al control de los procesos. No suelen impedir la competencia. Tampoco eliminan la participación. Hacen algo más sofisticado: diseñan procedimientos capaces de compatibilizar la apertura democrática con la preservación de la estabilidad organizativa. Las reglas facilitan la participación, pero también la ordenan, la canalizan y, cuando las circunstancias lo exigen, reducen la incertidumbre inherente a cualquier competición democrática.

Ahí reside la verdadera paradoja de las primarias. Votar no siempre significa redistribuir poder. Una organización puede convocar consultas, abrir procesos, movilizar a su militancia e incluso celebrar elecciones competitivas sin modificar sustancialmente quién controla las condiciones bajo las cuales se decide. El poder organizativo contemporáneo rara vez necesita recurrir a prohibiciones explícitas. No necesita impedir que aparezcan alternativas; puede aumentar el coste de construirlas. No necesita negar la participación; puede administrarla. No necesita rechazar la democracia interna; puede organizarla de tal manera que la incertidumbre permanezca siempre dentro de márgenes aceptables.

Robert Michels advirtió hace más de un siglo una parte esencial de este fenómeno al formular su conocida ley de hierro de la oligarquía. Su diagnóstico sigue siendo incómodo porque no atribuía la concentración del poder únicamente a la ambición de determinados dirigentes. Observaba algo más profundo: toda organización compleja tiende a generar una minoría que acumula experiencia, información, relaciones, memoria institucional y capacidad de coordinación. Esa posición produce ventajas que ninguna votación elimina por sí sola. Las primarias pueden ampliar la participación, pero no borran automáticamente las diferencias existentes entre quien lleva años formando parte de la estructura y quien intenta desafiarla desde una posición periférica.

Esto no significa que las primarias sean inútiles. Al contrario, han abierto espacios que antes permanecían reservados a minorías dirigentes. Han obligado a las organizaciones a justificar liderazgos, a escuchar a sus bases y a aceptar algún grado de competencia. Despreciarlas sería un error. Pero idealizarlas también lo sería. Una primaria puede convertirse en una capa democrática superpuesta sobre una distribución profundamente desigual de recursos, visibilidad e influencia. La militancia vota, sí, pero lo hace dentro de un campo previamente configurado. Hay competencia, pero no siempre hay igualdad suficiente para que esa competencia pueda alterar de verdad el equilibrio existente.

Por eso la disputa decisiva no se produce únicamente el día de la votación. Empieza mucho antes, cuando se redactan las reglas, se fija el calendario, se determina el número de avales, se define quién puede votar, se regula el acceso al censo, se establecen los canales de comunicación, se constituyen los órganos de garantías y se decide qué uso puede hacerse de los recursos de la organización. La urna es el momento más visible del proceso, pero no siempre es el lugar donde se decide su calidad democrática. La igualdad de la competencia se construye antes, en una zona menos visible y aparentemente técnica, donde las decisiones administrativas pueden tener consecuencias profundamente políticas.

Los avales, por ejemplo, pueden ser una forma razonable de exigir un respaldo mínimo y evitar candidaturas puramente testimoniales. Pero también pueden convertirse en una barrera de entrada si el número exigido, el plazo disponible o la forma de recogida favorecen de manera desproporcionada a quien ya dispone de una red interna consolidada. El calendario puede ordenar el proceso y garantizar seguridad jurídica, pero también puede estrechar la competencia si deja poco tiempo para que una alternativa se organice, se dé a conocer y construya apoyos reales. El acceso al censo puede proteger datos personales y evitar usos indebidos, pero también puede dificultar que una candidatura periférica llegue a quienes deben decidir. Cada elemento tiene una justificación posible. El problema aparece cuando todos, sumados, producen una ventaja sistemática para quienes ya ocupan el centro de la organización.

Lo mismo ocurre con la comunicación interna. En teoría, una organización puede declarar la neutralidad institucional de sus órganos y garantizar que todas las candidaturas compiten bajo las mismas reglas. En la práctica, la neutralidad no depende solo de lo que dicen los reglamentos, sino de cómo circula la información, quién tiene visibilidad previa, qué nombres resultan familiares para la militancia, qué liderazgos aparecen asociados a la continuidad del proyecto y qué mensajes se transmiten de manera explícita o implícita desde la estructura. Una candidatura respaldada por personas que ya ocupan responsabilidades orgánicas no necesita vulnerar ninguna norma para disponer de una ventaja considerable. Le basta con existir dentro de una red de reconocimientos, lealtades y expectativas que otros deben construir en muy poco tiempo.

La distinción fundamental es esta: una organización puede tratar igual a todas las candidaturas desde el punto de vista formal y, aun así, generar una competencia profundamente desigual desde el punto de vista material. Formalmente todas concurren bajo las mismas normas. Materialmente no todas compiten desde el mismo lugar. Quien conoce los circuitos internos, ha acumulado relaciones territoriales y dispone de presencia previa en la organización parte con una ventaja que no siempre aparece escrita en el reglamento, pero que puede resultar decisiva. Por eso una democracia interna madura no puede limitarse a decir que todos conocen las reglas. Debe preguntarse si esas reglas permiten que una candidatura no instalada en el aparato pueda competir sin quedar atrapada desde el inicio en una carrera de obstáculos.

Aquí entra en juego una dimensión que pocas veces se reconoce abiertamente: el miedo. No necesariamente el miedo mezquino a perder un cargo, aunque también pueda existir. A menudo se trata de un miedo más complejo y más humano: miedo a que la organización se rompa, miedo a que una competición interna deje heridas irreparables, miedo a que la pluralidad se convierta en guerra de facciones, miedo a que una candidatura inesperada arrastre al partido hacia una dirección considerada equivocada, miedo a que el conflicto debilite la imagen pública o reduzca las posibilidades electorales. Ese miedo puede ser sincero. Incluso puede ser razonable. El problema aparece cuando empieza a ordenar todo el diseño democrático.

Cuando el miedo se instala en el centro de una organización, la participación deja de verse como una fuente de legitimidad y empieza a convertirse en un riesgo que hay que administrar. Entonces aparecen las palabras nobles: responsabilidad, unidad, estabilidad, prudencia, madurez, lealtad, evitar fracturas, no abrir heridas innecesarias, preservar el proyecto colectivo. Y, en muchas ocasiones, esas palabras no son falsas. Toda organización necesita continuidad, memoria, coordinación y capacidad de acción. Un partido no puede reinventarse cada semana ni someter cada decisión a una deliberación interminable. La gobernabilidad importa. Pero la estabilidad deja de ser una virtud cuando se convierte en excusa para reducir la competencia, estrechar los márgenes de la discrepancia o proteger indirectamente a quienes ya ocupan posiciones de poder.

Las organizaciones no temen la participación en abstracto. Temen la participación cuando puede tener consecuencias. Les resulta relativamente cómodo informar, consultar, escuchar o movilizar a sus miembros en torno a decisiones ya orientadas. Eso refuerza la legitimidad, genera pertenencia y permite mostrar una imagen abierta. Lo difícil es aceptar que la participación pueda producir una decisión no prevista, que una candidatura periférica gane apoyos, que una minoría organizada cambie el clima interno o que la militancia prefiera una opción distinta de la respaldada por la dirección. En ese momento, la participación deja de ser una técnica de legitimación y se convierte en una verdadera redistribución de poder. Y distribuir poder significa siempre aceptar que una parte del control se pierde.

Por eso la democracia interna no consiste en eliminar el conflicto. Consiste en garantizar igualdad real para disputarlo. Una organización democrática no es aquella en la que todos están de acuerdo, ni aquella en la que las candidaturas alternativas desaparecen en nombre de la unidad, ni aquella en la que los debates se sustituyen por aclamaciones ordenadas. Es aquella que sabe organizar el desacuerdo sin convertirlo en una amenaza existencial. La discrepancia no debilita necesariamente a una organización; muchas veces la debilita más su incapacidad para procesarla. Cuando toda candidatura alternativa se interpreta como una amenaza, cuando toda crítica interna se lee como deslealtad y cuando toda diferencia se presenta como riesgo de fractura, la democracia queda reducida a una práctica ornamental.

¿Qué debería cambiar, entonces? En primer lugar, las reglas deberían diseñarse pensando en la candidatura más débil, no en la más instalada. Una organización demuestra su compromiso democrático cuando se pregunta si alguien sin respaldo previo del aparato, sin redes territoriales consolidadas y sin presencia habitual en los canales internos podría competir de manera razonable. En segundo lugar, los avales deberían acreditar un respaldo mínimo, no funcionar como barrera de entrada. En tercer lugar, el acceso a la información y a los canales de comunicación debería ser equivalente, porque no hay competencia real si unas candidaturas pueden llegar fácilmente a la militancia y otras apenas logran hacerse visibles. En cuarto lugar, la neutralidad institucional debería ser estricta: los recursos, símbolos y canales de la organización pertenecen al conjunto de la comunidad política, no a una candidatura concreta. En quinto lugar, los órganos de garantías deberían ser independientes, transparentes y percibidos como árbitros fiables por todas las partes. Y, por último, la cultura interna debería dejar de confundir unidad con uniformidad y cohesión con ausencia de debate.

La democracia, como recordaba Robert Dahl, no consiste simplemente en votar. Consiste en garantizar alternativas reales, permitir que las distintas posiciones puedan organizarse en condiciones razonablemente equilibradas y aceptar que quienes hoy gobiernan pueden convertirse mañana en minoría. Trasladado al interior de los partidos, este principio conduce a una conclusión exigente: unas primarias solo cumplen plenamente su función cuando una candidatura no respaldada por la dirección puede ganar sin que la organización viva ese resultado como una catástrofe.

La pregunta más importante, por tanto, no es cuántas primarias celebra un partido, sino cuánta incertidumbre está dispuesto a soportar cuando las celebra. No cuántos mecanismos participativos figuran en sus estatutos, sino qué ocurre cuando esos mecanismos pueden cambiar algo importante. No cuántas veces se invoca la voz de la militancia, sino si esa voz conserva capacidad efectiva para alterar el resultado. La democracia interna no se mide por la cantidad de procedimientos, sino por la calidad del poder que esos procedimientos distribuyen.

Al final, toda organización descubre en qué cree realmente cuando deja de controlar el resultado. Puede llenar sus documentos de referencias a la participación, aprobar normas impecables y defender públicamente la democracia interna. Pero hay un momento en que todo eso deja de ser suficiente: el momento en que quienes integran la organización pueden elegir un camino distinto del previsto. Ahí desaparecen las declaraciones generales y empieza la prueba real. Si la incertidumbre se acepta con serenidad, si la competencia se protege aunque incomode y si el resultado no previsto se reconoce como parte legítima de la vida democrática, la organización habrá demostrado una madurez que ningún reglamento puede fabricar por sí solo. Si, por el contrario, la incertidumbre activa el reflejo de cerrar, reinterpretar, controlar o estrechar los márgenes de la disputa, la participación seguirá existiendo, pero habrá perdido buena parte de su sentido democrático.

Porque la democracia nunca ha consistido en garantizar que siempre ganen quienes creemos que tienen razón. Ha consistido en aceptar que nadie tiene derecho a decidir de antemano quién debe ganar. Esa renuncia es especialmente difícil para quienes ejercen poder, porque les obliga a confiar en otros incluso cuando esos otros pueden equivocarse, discrepar o sustituirlos. Pero precisamente ahí reside su grandeza. La democracia no exige al poder que desaparezca; le exige algo más difícil: que acepte límites, que tolere la competencia y que no convierta su propia continuidad en la medida de la estabilidad colectiva.

Por eso la democracia interna empieza realmente cuando una organización acepta no saber quién ganará. Empieza cuando el resultado deja de estar protegido por la inercia del aparato, por la ventaja acumulada o por una arquitectura procedimental diseñada para reducir riesgos. Se confirma cuando la participación deja de ser una palabra deseable y se convierte en una experiencia con consecuencias. Y alcanza su sentido más profundo cuando el poder acepta confiar en los demás más de lo que confía en sí mismo.

Bibliografía

Arnstein, S. R. (1969). A ladder of citizen participation. Journal of the American Institute of Planners, 35(4), 216–224. https://doi.org/10.1080/01944366908977225

Cross, W. P., & Katz, R. S. (Eds.). (2013). The challenges of intra-party democracy. Oxford University Press. https://doi.org/10.1093/acprof:oso/9780199661879.001.0001

Dahl, R. A. (1971). Polyarchy: Participation and opposition. Yale University Press.

Dahl, R. A. (1992). La democracia y sus críticos. Paidós. (Trabajo original publicado en 1989).

Katz, R. S., & Mair, P. (1995). Changing models of party organization and party democracy: The emergence of the cartel party. Party Politics, 1(1), 5–28. https://doi.org/10.1177/1354068895001001001

March, J. G., & Simon, H. A. (1993). Organizations (2.ª ed.). Blackwell. (Trabajo original publicado en 1958).

Michels, R. (2008). Los partidos políticos: Un estudio sociológico de las tendencias oligárquicas de la democracia moderna. Amorrortu. (Trabajo original publicado en 1911).

North, D. C. (1990). Institutions, institutional change and economic performance. Cambridge University Press. https://doi.org/10.1017/CBO9780511808678

Panebianco, A. (1990). Modelos de partido: Organización y poder en los partidos políticos. Alianza Editorial.

Rahat, G., & Hazan, R. Y. (2001). Candidate selection methods: An analytical framework. Party Politics, 7(3), 297–322. https://doi.org/10.1177/1354068801007003003

Scarrow, S. E. (2014). Beyond party members: Changing approaches to partisan mobilization. Oxford University Press. https://doi.org/10.1093/acprof:oso/9780199661862.001.0001

Selznick, P. (1957). Leadership in administration: A sociological interpretation. Harper & Row.

Simon, H. A. (1947). Administrative behavior: A study of decision-making processes in administrative organizations. Macmillan.

Marcar como favorito enlace permanente.

Comentarios cerrados.