El hastío y la palabra: razones para no guardar silencio

La fatiga emocional ante la desinformación y la responsabilidad de seguir participando en la vida democrática

Hay días en los que una desearía dejar de escuchar. Apagar la radio, cerrar los periódicos, apartarse de las redes sociales y recuperar una cierta tranquilidad. Días en los que la sucesión de declaraciones, acusaciones, medias verdades y falsedades provoca una sensación difícil de describir. No es solamente indignación. Tampoco tristeza, aunque ambas estén presentes. Es algo más profundo y persistente: el hastío.

El hastío de tener que explicar una y otra vez aquello que debería poder discutirse sobre una base común de hechos. De comprobar cómo determinadas falsedades reaparecen incluso después de haber sido desmentidas. De escuchar argumentos que sustituyen la complejidad de los problemas sociales por la identificación de culpables. De sentir que la conversación pública se convierte en una sucesión interminable de provocaciones.

Y, sin embargo, apenas hemos decidido apartarnos cuando aparece una nueva afirmación que nos obliga a reconsiderar nuestro silencio. Porque callar proporciona descanso, pero también puede producir incomodidad. La incomodidad de saber que alguien está difundiendo una falsedad que perjudica a otras personas. La de contemplar cómo se desfiguran conquistas sociales que costaron décadas. La de preguntarnos si nuestra retirada contribuye, aunque sea involuntariamente, a que ciertas narrativas circulen sin contradicción.

Estamos cansadas de tener que responder, pero nos inquieta todavía más acostumbrarnos a no hacerlo.

Y esa es la contradicción que me lleva a poner negro sobre blanco algunas consideraciones.

El hastío no es indiferencia

Vivimos en un tiempo en el que parece exigirse una reacción permanente. Cada acontecimiento reclama una posición. Cada polémica exige una respuesta. Cada declaración controvertida se convierte en una nueva prueba de nuestras convicciones.

La indignación, que debería ayudarnos a reconocer aquello que consideramos injusto, corre el riesgo de convertirse en un estado cotidiano. Y ninguna emoción puede sostenerse indefinidamente con la misma intensidad.

Primero llega el enfado. Después, la frustración ante la falta de consecuencias. Más tarde, la impotencia al comprobar que argumentos y evidencias no siempre modifican las posiciones de quienes reciben los mensajes. Finalmente, aparece el cansancio.

A veces ese cansancio se acompaña de tristeza. No únicamente por lo que se dice, sino por lo que determinadas palabras revelan sobre nuestra convivencia. Entristece escuchar cómo se atribuyen colectivamente comportamientos negativos a personas migrantes, cómo se cuestiona sin pruebas la legitimidad de quienes necesitan protección social o cómo se caricaturizan reivindicaciones relacionadas con la igualdad y los derechos.

No se trata de impedir la discusión sobre inmigración, prestaciones sociales, seguridad o políticas de igualdad. Todo ello debe ser objeto de debate democrático. Se trata de distinguir la crítica legítima de las falsedades y de las generalizaciones que transforman a las personas en categorías sospechosas.

Mi preocupación se dirige especialmente hacia determinados discursos de la derecha y la ultraderecha españolas, aunque sería intelectualmente insostenible presentar la desinformación como una práctica exclusiva de esas corrientes. La exigencia de veracidad debe aplicarse a todos los actores políticos, sin excepciones.

Precisamente por eso, el hastío que describo no nace de la existencia de posiciones diferentes a las mías. La discrepancia es consustancial a la democracia. Nace de observar cómo algunas controversias dejan de construirse sobre interpretaciones distintas de la realidad para hacerlo sobre afirmaciones que no resisten una comprobación elemental.

Y también de comprobar que la palabra razonada parece necesitar cada vez más esfuerzo para hacerse escuchar.

La precampaña electoral: cuando el cansancio se intensifica

La convocatoria de elecciones generales para el próximo 29 de noviembre introduce una nueva dimensión en este estado emocional.

La disolución de las Cortes Generales, formalizada el 5 de octubre, ha abierto un periodo de precampaña que desembocará en la campaña electoral oficial del 13 al 27 de noviembre. Durante estas semanas, la confrontación política adquiere una intensidad particular. Las declaraciones se suceden, los discursos se simplifican y cada acontecimiento puede convertirse en argumento electoral.

Una campaña constituye, en principio, una oportunidad democrática. Es el momento de confrontar proyectos, examinar resultados, exigir responsabilidades y conocer propuestas para el futuro. Sin embargo, también puede convertirse en un escenario especialmente propicio para la desinformación, la exageración y la polarización.

Las primeras semanas de esta precampaña ya muestran una intensa confrontación entre partidos, con la vivienda, las movilizaciones sociales, la inmigración y la situación económica entre las cuestiones presentes en el debate público.

Pero lo que resulta inquietante no es la existencia de controversias políticas. Es la posibilidad de que, en medio de ellas, la búsqueda de notoriedad termine desplazando a la explicación y el enfrentamiento ocupe el lugar del debate.

El problema no es que los partidos soliciten el apoyo de la ciudadanía. Es que la competencia electoral puede incentivar mensajes dirigidos a provocar una reacción inmediata, incluso cuando esa reacción no favorece la comprensión de los asuntos discutidos.

Ante determinadas afirmaciones de representantes del Partido Popular y de Vox, experimento con frecuencia una mezcla de incredulidad e indignación. Pero creo que sería un error convertir esa experiencia personal en una atribución indiscriminada de falsedad a cuanto procede de esos partidos. Una crítica rigurosa necesita examinar cada afirmación, su contexto y las pruebas disponibles.

Esta exigencia cobra todavía mayor relevancia durante la campaña electoral. Porque no basta con rechazar un mensaje por la identidad de quien lo pronuncia. Hay que poder explicar qué contiene, qué omite, qué distorsiona y por qué importa.

Y ese ejercicio, repetido constantemente, resulta agotador.

Me preocupa que la campaña del 29N termine intensificando una sensación que ya venía acumulándose: la de vivir sometidos a una discusión política interminable en la que incluso los hechos parecen necesitar una defensa permanente.

¿Será posible dedicar suficiente atención a los problemas de vivienda, empleo, cuidados, desigualdad, sostenibilidad del Estado del bienestar o transformación demográfica? ¿O volveremos a comprobar cómo las cuestiones estructurales quedan subordinadas a polémicas de vida efímera?

No son preguntas retóricas. Son interrogantes sobre la calidad de nuestra conversación democrática.

La mentira también puede agotar a quien no la cree

Existe una dimensión de la desinformación sobre la que quizá reflexionamos menos de lo necesario.

Habitualmente nos preguntamos por sus efectos sobre quienes aceptan como verdaderas determinadas afirmaciones falsas. Nos preocupa, con razón, que puedan alterar la percepción de la realidad o influir en decisiones individuales y colectivas.

Pero ¿qué sucede con quienes reconocen esas falsedades y se esfuerzan por combatirlas? También sobre ellos existe un coste.

Un coste de tiempo, porque verificar requiere consultar fuentes y reconstruir contextos. Un coste intelectual, porque desmontar una afirmación simplificada puede exigir explicaciones complejas. Y un coste emocional, porque enfrentarse repetidamente a mensajes que consideramos injustos puede producir irritación, desánimo y pérdida de confianza.

Además, la repetición no es inocua. La investigación psicológica ha documentado el denominado efecto de verdad ilusoria, por el que la exposición reiterada a una afirmación puede aumentar su apariencia de veracidad. Una revisión sistemática publicada en Nature Communications en 2026, basada en 182 estudios, confirmó la existencia de este efecto, aunque su magnitud varía según las circunstancias.

Esto no significa que toda mentira repetida acabe siendo creída. Significa que la familiaridad puede intervenir en nuestros juicios sobre lo que consideramos verdadero.

Junto a ello, nos encontramos como opera lo que se ha denominado la Ventana de Overton (cuya teoría debe su nombre a Joseph P. Overton, su autor) y que de forma muy esquemática nos encontramos como se desplazan los marcos o rangos de ideas que nos resultan aceptables en cada momento.

La paradoja es evidente: mientras una afirmación engañosa puede difundirse repetidamente en mensajes muy breves, su refutación necesita contexto y atención. Y quienes intentan aportarlos no disponen de recursos emocionales ilimitados. La respuesta individual, además, no siempre consigue resultados visibles.

La frustración nace entonces de una pregunta que termina apareciendo inevitablemente: ¿para qué volver a explicarlo?

Y cuando esa pregunta se repite demasiado, el hastío puede convertirse en una forma de retirada.

Cuando el agotamiento amenaza la participación democrática

El problema adquiere una dimensión colectiva cuando el cansancio deja de ser una experiencia individual y comienza a influir en la relación de la ciudadanía con la información y la política.

El Digital News Report 2026 del Instituto Reuters indica que el 42 % de las personas encuestadas en los mercados analizados evita las noticias al menos ocasionalmente. No todas lo hacen por agotamiento político ni por la desinformación, pero el dato revela la magnitud de un fenómeno de alejamiento informativo que merece atención.

Desconectar puede ser una forma saludable de protegerse. No tenemos por qué permanecer expuestos permanentemente a noticias negativas, conflictos y discursos agresivos. Sin embargo, cuando esa desconexión se transforma en un abandono duradero del interés por los asuntos comunes, aparecen interrogantes democráticos importantes.

Una ciudadanía agotada puede encontrar cada vez más difícil distinguir entre la participación que merece la pena y las controversias que únicamente consumen su atención.

También puede terminar considerando que todas las informaciones son igualmente dudosas, que ninguna explicación merece confianza y que el debate político constituye una actividad inútil. Ese es, a mi juicio, uno de los riesgos más preocupantes.

No es necesario convencer a toda la sociedad mediante una falsedad para que la desinformación resulte dañina. También importa la posibilidad de que la acumulación de mensajes contradictorios y engañosos contribuya a deteriorar la confianza en el conocimiento compartido.

No deberíamos confundir esta posibilidad con una relación causal universalmente demostrada. El abandono informativo tiene múltiples causas. Pero sí constituye una hipótesis suficientemente relevante como para exigir reflexión.

Porque una democracia necesita algo más que ciudadanos formalmente libres para participar. Necesita condiciones que hagan posible una participación informada, una deliberación razonable y una confianza mínima en la existencia de hechos contrastables.

Si el debate público se convierte exclusivamente en una competición por captar atención, terminamos perdiendo algo más que calidad informativa. Se resiente nuestra capacidad para comprendernos.

La tristeza de perder el sentido de lo común

Hay una emoción que acompaña al hastío y que me resulta especialmente dolorosa: la tristeza.

La tristeza de observar cómo problemas que deberían invitarnos a buscar soluciones compartidas se convierten en instrumentos de división.

La dificultad de acceso a la vivienda afecta a personas con identidades políticas diferentes. La precariedad laboral no distingue necesariamente entre votantes de uno u otro partido. Las necesidades de cuidados atraviesan todas las familias. El envejecimiento, la enfermedad, la dependencia y la vulnerabilidad forman parte de la condición humana.

Y, sin embargo, con demasiada frecuencia abordamos estas cuestiones desde marcos que enfrentan a quienes deberían poder reconocerse en necesidades comunes.

Me entristece especialmente la facilidad con que algunas narrativas presentan los derechos de unos como una amenaza para los derechos de otros. Como si proteger a quienes se encuentran en situación de vulnerabilidad implicara necesariamente perjudicar al resto. Como si la solidaridad fuera un privilegio injustificado y no uno de los fundamentos de nuestra convivencia.

No niego que existan conflictos distributivos reales ni decisiones difíciles en materia de políticas públicas. Precisamente porque existen, necesitamos información fiable, deliberación y responsabilidad institucional.

La tristeza aparece cuando ese esfuerzo colectivo queda desplazado por consignas que convierten la complejidad social en antagonismos aparentemente irreconciliables.

Quizá por eso el hastío no es una emoción aislada. Contiene también una especie de duelo por la conversación pública que quisiéramos tener y que tantas veces no conseguimos construir.

La contradicción entre callar y actuar

Llegados a este punto, aparece la tentación del silencio. No contestar. No discutir. No volver a compartir otra verificación. No intentar convencer a quien parece decidido a no escuchar.

Es una tentación comprensible. Pero entonces surge otra pregunta: ¿qué ocurre con nuestras convicciones cuando dejamos de expresarlas?

No creo que el silencio individual sea necesariamente complicidad. Hay momentos en los que callar es prudente, necesario e incluso responsable. Nadie está obligado a intervenir en todas las controversias, mucho menos cuando hacerlo perjudica su bienestar.

Pero tampoco quisiera aceptar que la única manera de preservar nuestra tranquilidad sea abandonar definitivamente la palabra.

Ahí reside mi contradicción. A veces quisiera apartarme de la actualidad política. Y, sin embargo, me descubro leyendo una nueva declaración, buscando su contexto, comprobando datos y pensando qué podría escribir para contribuir a esclarecer la cuestión.

No siempre lo hago por indignación. En ocasiones lo hago por responsabilidad. O por una especie de fidelidad hacia aquello en lo que creo: la igualdad, la dignidad humana, la justicia social y el valor de la razón.

Pero debo reconocer también que responder continuamente puede convertirse en una trampa.

Cuando toda nuestra energía se dedica a reaccionar ante lo que otros dicen, perdemos parte de nuestra capacidad para proponer aquello que consideramos necesario. Nos acostumbramos a escribir contra algo y reservamos cada vez menos tiempo para escribir a favor de algo. Y esa es otra forma de empobrecimiento de la conversación pública.

No responder a todo, pero no renunciar a la palabra

Quizá necesitemos revisar nuestra manera de intervenir.

La palabra no debería ser únicamente una reacción frente al agravio. También puede constituir una forma de pensamiento, de propuesta y de construcción colectiva.

No es lo mismo contestar apresuradamente a cada provocación que elaborar una reflexión capaz de trascenderla. No es lo mismo reproducir una falsedad para denunciarla que explicar los hechos que la contradicen. No es lo mismo descalificar a quien sostiene una posición diferente que mostrar las consecuencias de una determinada propuesta política.

La defensa de la verdad exige algo más que buenas intenciones. Exige rigor, humildad intelectual y disposición a rectificar nuestros propios errores.

También exige elegir qué merece respuesta y qué únicamente pretende arrastrarnos a una controversia estéril. Elegir cuándo una explicación contribuye al conocimiento público y cuándo una discusión ha dejado de tener utilidad. Elegir el momento de intervenir y el momento de descansar.

Durante la precampaña y la campaña del 29N, esta distinción adquiere especial importancia. El espacio público se llenará de propuestas, críticas, acusaciones y mensajes electorales. No todos merecerán idéntica atención ni presentarán el mismo grado de veracidad.

La responsabilidad de quienes escribimos no consiste en responder automáticamente a todo, sino en tratar de aportar aquello que podamos considerar que falta: contexto, razonamiento, perspectiva histórica y consideración de las consecuencias sociales.

Y también en recuperar los asuntos que pueden desaparecer detrás de la confrontación.

Hablar de las condiciones materiales de vida. Del empleo de calidad. De las desigualdades. De la protección social. De la vivienda. De los cuidados. De la educación. De los derechos que hacen posible una existencia digna.

No se trata de eliminar el conflicto político. Se trata de procurar que ese conflicto tenga contenido.

La palabra puede ser crítica sin ser insultante, firme sin ser dogmática y comprometida sin renunciar a la complejidad.

La esperanza no consiste en dejar de estar cansados

No quisiera terminar con una apelación ingenua al optimismo. No creo que una reflexión vaya a detener la circulación de falsedades ni que la razonabilidad de nuestros argumentos garantice que sean escuchados.

Tampoco creo que la sociedad pueda superar sus fracturas únicamente mediante una mejor conversación. Las desigualdades materiales, los conflictos de intereses y los problemas institucionales requieren decisiones y políticas concretas.

Pero sigo pensando que la palabra tiene una función irrenunciable.

Nos permite nombrar aquello que nos preocupa. Reconocer las experiencias de otras personas. Identificar injusticias. Analizar sus causas. Cuestionar explicaciones engañosas y formular alternativas. Nos permite, sobre todo, evitar que el cansancio termine convirtiéndose en resignación.

La esperanza no tiene por qué consistir en la certeza de que las cosas mejorarán. Puede residir simplemente en la decisión de no considerar inevitable aquello que juzgamos perjudicial. Y esa decisión no exige vivir permanentemente indignados.

Podemos descansar sin renunciar. Podemos reconocer nuestra impotencia sin concluir que toda acción es inútil. Podemos aceptar que nuestras palabras tienen un alcance limitado sin negarles valor.

La democracia no debería depender del heroísmo cotidiano de personas obligadas a soportar una confrontación interminable. Requiere instituciones responsables, medios independientes, plataformas comprometidas con la integridad informativa y organizaciones sociales capaces de sostener la participación colectiva. Pero también necesita ciudadanos y ciudadanas que, desde sus diferentes convicciones, sigan considerando valioso razonar públicamente.

Seguir escribiendo

Se acercan las elecciones del 29 de noviembre y no puedo evitar una sensación contradictoria.

Por una parte, me inquieta la posibilidad de que la precampaña y la campaña intensifiquen el cansancio que ya arrastramos. Que durante semanas debamos volver a escuchar afirmaciones engañosas, discusiones artificiales y descalificaciones que dificultan abordar los problemas reales.

Por otra, sé que unas elecciones representan una oportunidad para examinar propuestas, exigir explicaciones y participar en la definición de nuestro futuro colectivo.

Quisiera poder vivir este periodo con entusiasmo democrático. Y, sin embargo, a veces me domina el hastío. Me cansa tener que recordar que una discrepancia política no autoriza a falsear los hechos. Que los derechos humanos no deberían convertirse en objetos de burla. Que la dignidad de las personas no depende de su nacionalidad, de sus recursos económicos o de sus circunstancias vitales.

Me cansa comprobar que determinadas conquistas sociales necesitan ser defendidas una y otra vez.

Pero también sé que esos sentimientos no me pertenecen exclusivamente. Otras personas, desde posiciones políticas diferentes, pueden experimentar un agotamiento semejante ante lo que consideran una degradación del debate público. Reconocerlo no implica equiparar todas las afirmaciones ni abandonar el juicio crítico. Significa comprender que la calidad democrática es una preocupación que debe poder compartirse.

Quizá el primer paso consista precisamente en recuperar esa posibilidad de reconocimiento mutuo.

No sé si mis palabras convencerán a quienes piensan de otra manera. Tampoco sé si contribuirán a modificar alguna conducta o a esclarecer alguna controversia. Pero cada vez estoy más convencida de que escribir no debería medirse únicamente por sus resultados inmediatos.

A veces escribimos para comprender lo que sentimos. Para impedir que la indignación se convierta en desprecio. Para transformar la impotencia en reflexión. Para no permitir que el hastío termine anulando nuestra capacidad de pensar.

Y también para recordar que la democracia no se agota en las campañas electorales ni en las confrontaciones entre partidos. Es una tarea cotidiana, imperfecta y compartida.

Por eso, aunque esté cansada, seguiré escribiendo.

No para responder a cada provocación. No para alimentar interminables enfrentamientos. Ni siquiera para demostrar que tengo razón.

Seguiré escribiendo para defender el valor de los hechos, la dignidad de las personas y la posibilidad de una conversación pública que no renuncie a comprender.

Porque he llegado a pensar que el mayor peligro del hastío no es que nos haga sufrir, sino que termine convenciéndonos de que ya no merece la pena actuar.

Y todavía no estoy dispuesta a aceptar esa conclusión.

Tengo derecho a cansarme. Tengo derecho a guardar silencio cuando lo necesite. Pero también tengo derecho a recuperar la palabra y utilizarla para aquello que considero importante.

No quiero que la mentira determine mis palabras, pero tampoco quiero que el cansancio decida mi silencio.

Tal vez esa sea, finalmente, la manera de resolver la contradicción: aprender a descansar sin abandonar nuestras convicciones, a indignarnos sin perder la lucidez y a intervenir sin convertir cada discusión en una obligación.

Porque no se trata de hablar siempre. Se trata de no dejar de tener algo que decir.

Referencias

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